Una mirada recíproca

Dibujaba algo en una servilleta mientras le servían un cortado largo de leche. Su mirada parecía perdida y anclada en algo que sólo ella era capaz ver. Eran las 7:30 de la mañana, y bajo mi punto de vista estaba demasiado despierta para andar haciendo dibujos subliminales de trazos largos y rápidos.  Ahí seguía el café, intacto desde que el camarero lo dejó sobre la mesa, sin azúcar todavía.

Estaba claro que no esperaba a nadie: no había mirado ni una sola vez al reloj, ni había asomado la mirada hacia un lado y hacia al otro. Estaba completamente sola y así iba a continuar al menos hasta que saliera de allí rumbo a cualquier otro lugar.

Tenía la cara pálida, blanca, lo que aumentaba enormemente el efecto de la sombra de ojos de la noche anterior, o de la anterior a esa. No tenía ningún otro maquillaje, ni ningún otro cuidado estético que se pudiera agradecer a simple vista. Sin embargo, su atractivo natural me tenía cautivo.

Estaba en la más absoluta quietud, no se le apreciaba ni el parpadeo. El tiempo se había parado hacía un rato. Tampoco reflejaban ira esos ojos hundidos y cercados. Qué tipo de recuerdo es aquél que no te hace llorar, ni reir, ni tragar saliva, ni mirar al horizonte, ni tan siquiera gesticular. Estoy seguro que sus preciosos oasis negros permanecían clavados en un recuerdo, seguramente a sus veinti-pocos, anoche fue la primera vez que, incauta, descubrió que los cuentos de príncipes y princesas acaban bien sólo si acaban entre abogados.

No sé cuanto habrá pasado desde que la observo, he perdido la noción del tiempo, no me detengo ni a mirar el reloj, ¿qué reloj? si yo nunca llevo. ¡¿Qué me pasa?! Permanezco oculto en la distancia, eso me tranquiliza, pero no puedo dejar de mirarte, embriagadora juventud. El café que pedí, hace ya rato que lo trajeron y seguramente ya se enfrió, estoy impertérrito. Presa mi mirada, preso yo, preso de ti, reo de ti.

Cuando volví en mi, la mesa que sostenía mis codos también sostenía una servilleta, en ella, un boli había trazado la figura de mi cuerpo fósil, congelado, inerme sobre la mesa de un bar, preso del sortilegio de sus ojos y desatendiendo a un café, el único que todavía me hacía compañía.

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